Sobre la memoria


El  profesor Joan Carles Mèlich afirma en Ética de la compasión (Herder, 2010). En cursiva:

Para muchos si la  memoria no tiene lazos con el presente se convierte en una memoria obsoleta, meramente erudita, que es difícil de conciliar con el espíritu competencial de la pedagogía reciente. Pero basta leer los testimonios de los supervivientes de los campos de concentración para darse cuenta de la importancia de la memoria-almacén para poder sobrellevar un presente infernal.

David Perkins también defiende  la memoria-almacén,  pero según él para activarla no se precisa tanto establecer lazos con el presente como  utilizar la memoria para pensar. Si  no piensas con lo que memorizas no retienes, y entonces lo que has querido aprender  queda como pensamiento inerte, muerto, nunca utilizado en el futuro. Memorizas sin transferir, sin utilizar= No  sirve para sobrellevar la vida.

Mèlich sigue:

La pedagogía contemporánea ha sido cruel con la memoria. La ha demonizado. Bastaría leer algunos ensayos de Montaigne, –donde revaloriza el olvido y postula que la memoria es contraria al ingenio y la inteligencia. Según él, como afirma Inés Dussel, saber de memoria es no saber…. el conocimiento que importa es el que proviene de la experiencia vital, que es una memoria de las cosas y no de las palabras–  y el Discurso del método de Descartes o el Emilio de Rousseau para comprobarlo….

Como advierte George Steiner:

La atrofia de la memoria es el rasgo predominante de la educación y la cultura de la mitad y las postrimerías dl siglo XX (…) El vigor de la memoria sólo puede sostenerse allí donde hay silencio, el silencio tan explícito en el retrato de Chardin. Aprender de memoria, transcribir fielmente, leer de verdad, significa estar en silencio  y en el interior del silencio. En la sociedad occidental de hoy, este orden de silencio tiende a convertirse en un lujo. (G. Steiner, Pasión intacta, Siruela, 1997, pp. 38-39).

Lo que me ha fascinado del asunto ha sido  algo que a otros les incordia: El hecho de que en educación todo pueda (y deba) pensarse de nuevo. Que nada sea concluyente. Todo abierto, opinable, sujeto a la situación y el conocimiento. Que educar no sea una ciencia sino un arte.   Que andemos siempre en el filo de algo, manejando opciones  y caminos abiertos, sujetos  al error y al padecimiento que acompañan toda verdadera experiencia (Gadamer). Que por tanto, sea preciso pensar, definirse, optar a cada momento. En este caso, mi opinión es que Mèlich tiene razón. Que regalar ciertos textos a la memoria de los alumnos es darles un bálsamo para atravesar la vida.

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